Durante mi niñez anduve y me caí con mi bicicleta en casi todos los caminos de Fondón. Nunca tuve muy buen equilibrio y ponerme a los mandos de una bicicleta era una prueba viviente para mis espectadores. Siempre que nos dirigíamos a ese pueblo nos gustaba hacer una parada en uno vecino, Padules. Siempre para comprar unos cuántos pasteles y bollos.

No mentiré. Nunca he probado unos iguales. Mis vivencias de aquel lugar siempre me son curiosas. Todas y cada una de las veces íbamos con la caravana y eso era algo que odiaba profundamente. Tener que triplicar el tiempo de llegada a un lugar era algo que desde bien niño me enervaba. ¿Por qué todo esto?

Porque hace unos días me llamaron por teléfono. Suelo olvidar que mi teléfono está ubicado en ese cartel que puse por media Almería. Era un tal señor D de Fondón para informarse un poco sobre el taller de atención y memoria para personas mayores que ha visto en un cartel al lado de su casa, junto a la farmacia.

El señor D quiso saber con exactitud todos los detalles de cómo se impartía el taller por el que preguntaba. Puesto que era su madre la persona con la que yo trabajaría. Pero sus preguntas iban más bien enfocadas al número de mujeres que había en el taller, la metodología tomaba un papel secundario a cada palabra. De nuevo entiendo esas preguntas, aunque no todo el mundo lo haga. La señora “Elvira” con casi 84 años (su madre), había vivido casi toda su vida en un pequeño pueblo de la comarca almeriense. Un pueblo llamado Fondón, y ya se lo que puede estar pensando alguno o alguna con lo relativo a los pueblos.

En los últimos lustros se ha ido fraguando una noción en las mentalidades españolas en referencia a la imagen que sustraen las personas procedentes de pueblo. Por ello, estando más o menos de acuerdo con su hijo entendí lo que trató de decirme. Elvira quería sentirse cómoda, nada más y eso es algo que ni puedo ni podéis reprocharle.

Las 10:30 llegan y con ella Elvira. Al principio se muestra reacia a la dinámica del taller y las pocas palabras que decide expresar son en referencia a su pueblo Fondón. De igual forma a su marido, no obstante, parece que muestra interés en el Story Cubes. Por algo se empieza.

Tanto Charles Xavier, Curie o Jimena y Lope, hacen todo lo posible por acogerla y hacer que se sienta lo más cómoda posible. Un gesto que tienen con todas aquellas personas que llegan al taller nuevas lo cual se lo agradezco infinitamente. Sólo tengo palabras de elogio para estas personas.

Tras la ronda de presentación del Story Cubes, la Escalera Encantada y el Ubongo han dominado la sesión entre risas y quebraderos de cabeza. Una parte del grupo, dónde se encontraba Elvira, tenía la Escalera Encantada (no era casualidad).

El objetivo del juego es llegar a la meta con tu ficha correspondiente. Aunque la escalera está encantada y por tanto, nunca estarás seguro de cuál es tu ficha, a no ser que prestes muchísima atención. Con la Escalera trabajamos el lenguaje, atención, memoria, orientación, psicomotricidad y funciones ejecutivas. Este proceso requiere también de una activación constante en funciones ejecutivas. Una forma por tanto original de trabajar la motivación intrínseca a todo juego. Asimismo permite mejorar en memoria y en psicomotricidad.

Así que… ¿había mejor juego para que Elvira se introdujera por completo en la dinámica del taller y tuviera su primera toma de contacto?

El otro grupo capitaneado por Ro estaba usando el Ubongo, juego que particularmente me encanta. El objetivo es encajar rápidamente las piezas dadas en la figura que aparece en las cartas (una especie de Tetris).

Es un juego para desarrollar la visopercepción pero cuya práctica continuada permite el desarrollo de diversas áreas. Por otra parte se hace uso de procesos atencionales y activa la memoria de trabajo. Asimismo permite el desarrollo de la capacidad espacial. Todo ello buscando facilitar los procesos de interpretación y comprensión de esta área.

¿De verdad hay quienes todavía dudan de emplear este tipo de juegos? Muchos de mis compañeros educadores sociales aún están demasiado anclados en dinámicas y conceptos arcaicos. Se olvidan a menudo de que más que nunca es necesario el saber mirar más allá y probar caminos nuevos. No puedo reprocharles tales ideas, pues la formación en educación social aún requiere tiempo. Por fortuna y cada vez más hay una corriente en España de diversos profesionales sociales que ya están empleando los juegos de mesa. Poquito a poco que se suele decir, ¿no?

Los últimos minutos del taller hemos vuelto a emplear el Time Line, ¿se acuerdan? Aquel juego cuyo objetivo es construir la propia historia, el propio tiempo mediante ejes cronológicos que tanto gustan a los jugadores del taller (intentaré no emplear el término usuario en ninguna de las entradas puesto que los veo como jugadores que son, jugadores que acuden los lunes por la mañana a reunirse con otros jugadores para trabajar).

Aún habrá quien se eche las manos a la cabeza por haber juntado en la misma frase los conceptos jugar y trabajar. Hacéroslo mirar.

Al finalizar el taller Elvira me busca para decirme que ha estado cómoda aunque como padece de una sordera elevada, le ha costado seguir el hilo del taller, pero sale por la puerta sonriendo. No puedo pedir más tras el enorme ejercicio que esa señora procedente de Fondón que ahora desaparece por la puerta acaba de hacer a sus 84 años.

Tengo que hablar con su hijo para saber si Elvira tiene audífono. No quiero que llegue a aburrirse o desanimarse por no poder escuchar la mitad de lo que se dice en el taller, la mitad de los matices que comienzan incluso antes de las 10:30 de los lunes.

Espabila que sonreír es gratis.

 

Alex Campos Urrutia

@Rodia_Ps   @Educarlex_es

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